Melina Valencia Achá/

Verónica Cruz Martínez aprendió de sus padres y abuelos el arte de la alfarería, es decir, la elaboración de utensilios de barro. Ahora, sus hijos también siguen la tradición. Toda la familia aporta con sus conocimientos y mano de obra para poner en alto a la comunidad alfarera de Berque, ubicada al oeste del municipio potosino de Villazón, frontera con Argentina.

A Berque se llega aproximadamente en una hora desde la ciudad de Villazón, por un camino de tierra que no implica alguna dificultad. Unos 20 minutos antes, los visitantes hacen una parada en un lugar sagrado para pedir a la Pachamama una buena estadía y que todo vaya bien en el viaje. Desde la apacheta se puede ver una infinidad de cerros, entre ellos las vetas de arcilla que solo los del lugar pueden identificar a simple vista. En la comunidad todas las casas están adornadas con ollas, cántaros y otros recipientes de barro que son elaborados por ellos mismos, incluso los basureros públicos —que tienen la forma de una olla— son de cerámica y se exhiben imponentes en cada cuadra.

Pero el mayor orgullo de esta región alfarera es la vasija de cerámica más grande del mundo, que mide 4,25 metros, elaborada entre todos los habitantes y que ahora se expone dentro de una infraestructura de vidrios polarizados a los pies del cerro donde apareció la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Esa es la vitrina del potencial de los alfareros de Berque, una comunidad que se sustenta económicamente por la actividad artesanal, que siente a flor de piel la pasión por este arte. En este pueblo, la gente se especializa en la elaboración de ollas grandes por la cantidad de arcilla que se puede explotar de sus alrededores, pues Berque tiene la mayor reserva de este recurso natural.

Por estas razones sus pobladores buscan que su legado ancestral en la alfarería sea reconocido y valorado por los propios bolivianos; en ese camino está la familia Cruz. “Tenemos lindos productos, todo hecho en Bolivia, son ecológicos, no dañamos el medio ambiente”, manifiesta la alfarera Verónica Cruz, quien con el apoyo de la Asociación de Turismo Sur (Atsur), de la que también es parte, registró su propia marca en el Servicio Nacional de Propiedad Intelectual (Senapi).

Sumaj Manka (olla de calidad que dura mucho) es el sello que tienen las vasijas de la familia Cruz, que por el momento se comercializa principalmente en el norte argentino, que es de donde llega la mayor cantidad de pedidos; sin embargo, también las venden en la zona del Chaco, Tarija, Sucre y otras regiones, aunque en menor cantidad. Verónica opina que la marca es una oportunidad para que los productos vendidos a la Argentina, por ejemplo, sean valorados por su origen boliviano.

Al ingresar a su casa, dos ollas de barro encima de un fogón de cerámica a leña son la muestra de la calidad y resistencia de los productos. Unos pasos más adelante, en el patio, uno se encuentra con una variedad de vasijas en diferentes estados del proceso: algunos en el armado, otros en el moldeado o pulido. Es un trabajo largo que requiere de creatividad, paciencia, destreza y pasión hasta que sale el producto final en la última fase de cocción.

En Berque, todo ese conocimiento se adquiere desde la niñez, pasa de los padres a los hijos. Así sucedió con Andrés Cruz, uno de los hermanos de Verónica. “Desde mi niñez he conocido la cerámica; mi mamá siempre se ha dedicado a la alfarería, así nos hemos criado, con eso nos han hecho estudiar, hemos aprendido de nuestros padres”, relata Andrés, quien también pasó su experiencia y destreza a sus hijos.

Joel, de 20 años, es uno de los hijos de Andrés que estudia y colabora en su casa gracias a lo que se genera con el trabajo de la cerámica. “Es lindo, me gusta, pero también es complicado porque tiene muchas fases. Siento que a veces eso no se valora, porque suben los precios de los alimentos, pero no los de nuestros productos, más bien bajan, lo que me parece injusto porque este es un proceso costoso”, reclama.

Para Joel, los precios de las vasijas no están acordes al tiempo y dedicación que se invierten en los productos, pues el proceso puede tardar entre tres y cuatro días, según la cantidad y tamaño del recipiente.

Todo comienza con la extracción de la arcilla en su estado rocoso, que debe pasar a una selección de acuerdo con sus diferentes tonalidades, y después viene el triturado o molido. Luego siguen el armado y el moldeado de la vasija con técnicas ancestrales, aunque también se usan moldes, sobre todo para los adornos, como portalapiceros, floreros, platillos o maceteros, que ahora tienen el sello de “Sumaj Manka, Berque, Villazón, Bolivia”.

“Todo es manual, como nos enseñaron nuestros ancestros”, recalca Verónica, mientras mezcla dos tipos de arcilla y empieza a amasarlas con agua que va agregando poco a poco. Ella empezó este oficio elaborando platillos, luego fue perfeccionando su arte con ollas pequeñas y finalmente se animó a hacer productos más grandes. Lo que más se producía antes eran los recipientes enormes para la elaboración de la chicha de maíz.

La elaboración de estas piezas también depende del clima; si hay mucho sol la arcilla orea (reposa) más rápido y pasa a otra fase como el afinado, proceso que se realiza con un piedra y agua, no es necesario usar el papel lija. Cuando la vasija está bien afinada pasa al secado al sol y luego se la pinta; para ello se utiliza la arcilla roja diluida (líquido) y así reposa hasta que resalte el brillo.

Y así se llega al proceso de la cocción, que generalmente se lo hace fuera de las casas, en un espacio cuadrangular amurallado con ladrillos, donde se colocan las ollas sobre una alfombra de granza (guano) y estiércol (desechos orgánicos de animales) para cubrirlas después con otros trozos grandes de cerámica y más bosta de ganado alrededor y, finalmente, se enciende el fuego.

La cocción puede demandar más de cuatro horas hasta que se visualiza un tono azulado, que significa que todo está listo. “Quemamos de noche porque de día no cuecen bien, se vuelven negras. Según mis abuelos, de noche cuecen bien las ollas, pero se las debe acompañar, por eso nosotros atizamos coqueando y ch’allando, luego se las hace descansar un día y recién las retiramos del área de quemado poco a poco, y luego empaquetamos, enfardamos”, relata Verónica.

Las ollas se comercializan por fardos o docenas. Un fardo puede contener dos, cuatro, ocho, 15 o 50 docenas, dependiendo del tamaño. Lo que más lamenta la familia Cruz es que los precios sean tan bajos, pues un fardo de cuatro a seis ollas cuesta Bs 25 (precio de venta por mayor).

El reto de los alfareros de Berque es llegar al mercado interno, que los bolivianos sean los primeros en valorar sus productos, que además son totalmente amigables con el medio ambiente. Rumbo a esa meta avanza la familia Cruz, que además de promover su pasión por la alfarería, también apuesta por el turismo en su comunidad; con ese fin creó en 2018 un museo que alberga una infinidad de objetos antiguos que resumen no solo la historia, cultura y tradiciones de la región, sino también el legado de la alfarería.

“Invitamos a nuestros hermanos bolivianos a visitarnos, a que nos hagan pedidos, esto es hecho en Bolivia, tenemos calidad”, convoca Verónica Cruz, quien no pierde la esperanza de que en algún momento llegue la ayuda del Gobierno nacional y de la población para hacer conocer el legado de sus ancestros que con mucho orgullo ella y su familia siguen preservando.