Tamales

Esa llajua combinada con los tamales deberá ser el llamado de atención para continuar con una gestión cultural activa y dinamizada en espacios que rompan con la miopía.

Por: José Augusto Yáñez Vargas*

Es bien sabido que los procesos culturales vienen muy asociados a las construcciones sociales, por lo cual también son construidas, deconstruidas y modificadas parcial o completamente en el paso del tiempo. Desde este punto de partida debemos realizar un paseo gastronómico por diferentes latitudes del país donde se ubica un alimento del mismo nombre, pero con características diferentes en mayor o menor proporción. 
Nos referimos al “tamal”, que se encuentra en lugares como Tupiza, con una masa hecha de maíz pelado y relleno con charque y otros ingredientes; en Tarija lo encontramos similar, aunque varía en el cuero de chancho (que según las abuelas, en Tupiza era preparado con este mismo elemento en años pasados, siendo éste el preparado original) que forma parte sustancial en su elaboración, y que además consta de dos segmentos con una parte media, lo que inspiró frases como “linda cholita, cintura de tamal”. Así llegamos a Santa Cruz, donde este mismo platillo más bien es parecido a lo que en este lado conocemos como huminta, pero que de todas formas es nombrado como tamal. Todo este bagaje se amplía aún más si nos remontamos hasta México, donde la variedad se agranda considerablemente, entre otros espacios territoriales en los que el denominativo se encuentra en su repertorio gastronómico. 
Así, con esta primera aproximación nos topamos con una dificultad en cuanto a una pretensión de patrimonializar este bocadillo tan peculiar en tierra chicheña, involucrando también, por ejemplo, a Cotagaita. 
En la misma línea que busca identificar cualidades y particularidades chicheñas, nos encontramos con la singular caballería chicheña que no podría tener un sentido ni explicación si eliminamos los encuentros y desencuentros con los colonos españoles, que trajeron consigo estos equinos para que ahora sean parte fundante de nuestra identidad. 
Pero con este tipo de ejemplos sólo se busca mostrar la movilidad y dinámica de las culturas que se van transfigurando con base en las realidades y contextos del devenir de la historia, sobre lo cual se construyen las bases identitarias, apelando a los denominativos de costumbres y tradiciones. Aquí jugamos con aspectos como las relaciones de la intra e interculturalidad que demuestran, desde una categorización muy actual, esta misma condición de los relacionamientos y conflictos entre culturas, e incluso dentro de una misma cultura. Pero este tipo de estrategias son las que permiten mantener vigente a un grupo cultural dentro de un entorno tan complejo y variado como el boliviano, donde se considera este aspecto como uno de los principales baluartes de nuestra riqueza inmaterial.
Con seguridad, lo que se conoce actualmente como la cultura chicheña es producto del encuentro de muchas vertientes que influyeron en lo que entendemos en la actualidad como estas subjetividades e identidades colectivas. 
Así, encontramos aspectos originarios, coloniales, republicanos, transfronterizos y contemporáneos, entre muchos otros; los cuales vienen deconstruyendo y replanteando a cada momento la cultura chicheña actual. Asimismo, los actores involucrados en este cometido son los principales responsables de fluctuar entre la estática romántica y lírica de esta línea o más bien convertirla en una actividad permanente unificando lo autóctono y la estilización moderna acorde con las realidades actuales. 
Así, en un evento público se pudo apreciar al lado de los tamales tupiceños un plato de llajua, lo cual fue cuestionado por una “inexactitud” de la forma de comerlos tradicionalmente; no obstante, las costumbres gastronómicas o preferencias y gustos son simplemente eso y no se han constituido en normas rígidas y cerradas que empantanen una cultura en frivolidades como la manera correcta, o no, de comer un platillo tradicional. El buscar la innovación, ya sea desde el paladar, no significa un sacrilegio a una cultura que de por sí se encuentra lejos de un esencialismo abstracto y más bien puede estar presente de forma tangible en otros espacios que rompen con las limitaciones locales o regionales. 
El encasillamiento de elementos que pretenden ser impolutos solamente muestra un ensimismamiento innecesario que puede terminar sofocando las prácticas culturales y su relacionamiento con otras poblaciones y culturas. Este hecho, principalmente, ha desvelado un sentimiento negativo de nuestra población que siempre busca el eslabón débil de cualquier cadena propositiva y gestión que se realice para la región, lo cual puede devenir en una ruta perversa que nos vaya aislando de nuevas proyecciones, ya sean externas o internas. Esa llajua combinada con los tamales deberá ser el llamado de atención para continuar con una gestión cultural activa y dinamizada en espacios que rompan con la miopía a la que posiblemente nos vamos acostumbrando, con serios riesgos de etnocentrismo totalmente desacertado en tiempos de globalización. 
 
*Sociólogo  e investigador chicheño