vida y muerte

Víctor Montoya *

Las creencias en fenómenos paranormales, espíritus, almas en pena y fantasmas del inframundo forman parte de la fantasía humana y del imaginario colectivo en todas las culturas. En algunas de ellas, y desde la remota antigüedad, los individuos no hacen distinciones entre los objetos animados e inanimados. Esta concepción implica que los fenómenos naturales, las características geográficas, los objetos cotidianos y materiales pueden estar también provistos de alma (espíritu, pisque, mente, conciencia o como se lo llame).

El alma, de acuerdo con varias tradiciones religiosas y filosóficas, es el componente espiritual que poseen los seres vivos, una manifestación inmaterial que está dotada de movimiento propio, ya que puede desarrollarse independientemente de la condición física de la persona o el animal. Por cuanto es una suerte de facsímil del cuerpo material, un doble intangible que, a veces, cobra vida y se mueve con las mismas facultades que caracterizan a los seres vivos.

En algunas culturas se cree que el alma sale y entra en el cuerpo como el aire que se aspira y respira; es más, en las comunidades tribales, que viven a espaldas del racionalismo occidental, se atribuyen las enfermedades a la ausencia del alma y que, para remediar el mal, se invoca al alma errante para que vuelva a entrar en el cuerpo del convaleciente, ya que el alma es la fuente espiritual donde se generan los instintos innatos, como son los sentimientos, emociones y fantasías, que influyen de manera trascendental en la vida social y familiar.

Lo presente
Estas creencias populares, aún siendo contrarias a la razón científica, están muy arraigadas en todas las culturas del mundo, donde las supersticiones, transmitidas de generación en generación, permiten interpretar los fenómenos paranormales que están presentes en el “pensamiento mágico” de los individuos, indistintamente de su condición social, racial, religiosa o cultural.

El “pensamiento mágico”, capaz de concebir la existencia de entidades sobrenaturales y milagros producidos por gracia divina, es una forma de pensar y razonar en que todos los elementos de la naturaleza está dotado de vida y de alma, al menos según los preceptos filosóficos del animismo, que considera que tanto lo material como lo inmaterial posee razonamiento, inteligencia y voluntad.

Los individuos, indistintamente del lugar geográfico y la época, comparten la misma necesidad de despejar las dudas concernientes a los fenómenos paranormales y sobrehumanos, ya que de no ser así no se creería en la existencia de muertos que están condenados a vagar como almas en pena al no poder encontrar la paz eterna en el más allá, y que, consiguientemente, permanecen atrapadas entre este mundo y el otro.

La convicción de la naturaleza dual del humano, que combina lo material y lo espiritual, tiene sus orígenes en la mente del hombre primitivo, quien creía que los fenómenos naturales, como los rayos y truenos, lo mismo que las plantas, piedras y animales, tenían también un alma parecida al de los seres humanos; una percepción que ha trascendido hasta las sociedades modernas, donde existen creencias y supersticiones basadas en el animismo.

La mayoría de los sistemas de creencias animistas sostiene que existe un alma que, alejándose del cuerpo físico, sobrevive a la muerte, porque es la parte inmaterial o espiritual de la esencia humana. Tampoco son ajenas las visiones de quienes creen en la existencia de un vínculo estrecho entre las almas de los vivos y los muertos. Y, a pesar de las controversias sobre si el alma pertenece o no a la sustancia divina, la religión judeocristiana sostiene la creencia de que Dios formó al hombre del polvo y le concedió vida soplándole en sus narices el aliento divino, por cuanto el primer hombre de la creación vino a ser alma viviente a partir de un elemento material, como es el polvo.

Cuando se da el deceso de una persona se cree que su cuerpo queda en la tierra, pero que su espíritu se eleva al cielo o cae en las catacumbas del infierno. El cristianismo promete que si uno tiene fe en Dios será redimido de sus pecados, salvado de los suplicios del infierno y gozará de una vida eterna en el reino de los cielos. En este caso, la resurrección es un ejemplo de que la vida no termina con la muerte. Jesucristo, después de ser desclavado de la cruz y sepultado fuera de los muros de Jerusalén, resucitó entre los muertos y retornó espiritualmente hacia los suyos.

El más allá 
La creencia de que los humanos pasan a otra vida después de la muerte es una concepción común en varias religiones y filosofías. Es decir, los muertos son seres que pasan de la vida terrenal a otra que es mejor y que está en el más allá. Otros creen que el espíritu de los muertos se reencarna en otros seres vivos, como los animales domésticos o silvestres, o que, simple y llanamente, retornan al reino de los vivos manifestándose como almas en pena, sobre todo, cuando el alma de un difunto no encuentra paz en la tumba y se aparece de forma perceptible y descarnada en los sitios que frecuentó en vida. 

En pleno siglo XXI se sigue creyendo en la existencia de fantasmas y almas en pena, a pesar del desarrollo de una corriente positivista, escéptica y científica, que intenta desacreditar esta superstición sobre las “fuerzas espirituales”, que está lejos de todo razonamiento lógico y materialista, incluso lejos de algunos principios de la religión católica, que considera la superstición como una expresión sobrenatural de las idolatrías paganas y demoníacas.

En diversas culturas suelen referirse a cuentos de espanto y aparecidos como si fuesen acontecimientos de la vida real y cotidiana, pese a que la creencia en la existencia de almas o fantasmas contiene elementos ficticios e inverosímiles. Así, en las culturas ancestrales latinoamericanas, desde antes de la colonización y la irrupción de los catequizadores, se creía que el alma era algo intangible y que podía seguir vivo, en forma de espectro o espíritu, luego del deceso físico de la persona. Los cuentos de espanto y aparecidos se encuentran en el límite de la credibilidad, donde apenas un hilo sutil separa a la realidad de la ficción; más todavía, puede afirmarse que estos cuentos, transmitidos por medio de la tradición oral, están basados en elementos de la realidad, aunque son distorsionados por la imaginación en la medida en que se añade al argumento ingredientes ilusorios y se les atribuye a los personajes facultades sobrenaturales, propias de las narraciones fantásticas, que se caracterizan fundamentalmente por la combinación de la realidad y la ficción.

*Escritor y pedagogo.