Por: Cris González /

El año 1968, para quienes hemos estudiado más intensamente el siglo XX, quedó en la memoria como un año de rebelión. Sus antecedentes se remontan a 1967 cuando estudiantes de la Facultad de Letras de Nanterre, en las afueras de París, dirigidos por un joven apodado Dany el Rojo (Daniel Cohn-Bendit) conformaron un grupo denominado Movimiento 22 de marzo, este convocó a movilizaciones en defensa de un programa de reformas educativas y de exigencias políticas que dio paso al conocido Mayo Francés, donde las calles de París, Bruselas y otros lugares de Europa se llenaron de manifestantes.

Estos jóvenes franceses no estaban solos, se unían a ellos un proletariado descontento por las condiciones laborales y salariales, una juventud que alcanzaba a millones de movilizados contra la guerra de Vietnam impulsada por Estados Unidos. Además de los pueblos de los cinco continentes, sometidos aún a colonias imperiales que reclamaban libertad y soberanía. El movimiento se irradió a toda Europa, África y a Norte y Sudamérica. Fue también la época hippie, paz y amor para muchos y muchas fue la consigna, que no se cumplió.

El 68 no pasó inadvertido en nuestra América, pero acá el saldo de la protesta fue mortal. La represión dio lugar a una matanza o masacre como se le conmemora hoy 2 de octubre. Los hechos ocurrieron en la ciudad de México en la Plaza de las Tres Culturas o Tlatelolco. En la historia quedó registrada como una de las acciones represivas más violentas en América Latina.

Cientos de jóvenes se dieron cita ese 2 de octubre de 1968. Esos años el país atravesaba una fuerte crisis económica a la que no hacía frente el Gobierno autoritario que, por el contrario, desconocía los derechos constitucionales. Las protestas comenzaron a surgir y la represión a los diferentes movimientos sociales, a través de infiltrados paramilitares, fue la característica del régimen de Gustavo Díaz Ordaz.

Ese 2 de octubre, las y los estudiantes salieron a las calles para reclamar la liberación de presos políticos, el respeto a la autonomía universitaria y el fin a los decretos que restringían libertades en la ciudad de México.

A los estudiantes se sumaron docentes, intelectuales, clase trabajadora, profesionales y ciudadanía en general. En la protesta estaban infiltrados paramilitares del denominado Batallón Olimpia que usaban un pañuelo blanco, símbolo de los estudiantes, como identificación. 

A las seis de la tarde comenzaron a disparar a civiles armados, dando paso a  la matanza más terrible de la historia mexicana. Los militares, que se suponía iban custodiando las marchas, también empezaron a disparar contra los manifestantes para “restablecer el orden público”, según declaraciones posteriores. No obstante, la gente fue perseguida por los militares y paramilitares hasta los edificios donde buscaban refugio o instalaciones donde resguardarse de las balas.

Aún no se sabe con exactitud cuánta gente fue asesinada, oficialmente el Gobierno publicó una lista falseada de 20 personas, pero se calculan unas 300, entre líderes sociales y estudiantes. Solo en una de las esquinas de la Plaza de las Tres Culturas se encontraron más de 65 cuerpos, otros en camiones basureros, y otros abandonados en las calles.

Fue solo en el año 2005 que esta masacre fue denominada como crimen de lesa humanidad, pero no habiendo sido juzgado nadie hasta el momento por estos hechos.

Cuánto duele escribir una columna así, pero creo necesario recordar siempre la ignominia para no repetir la historia. Rindo homenaje a esa juventud comprometida y a esa dirigencia social pagó con su vida haber luchado por un mundo mejor para todos y todas. ¡No se olviden de Tlatelolco! (Cris González es directora de la revista www.correodelalba.org)