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Algo fascinante es esto: vienes caminando por los cerros de Apolobamba, sientes el aire puro, liviano y puro, ves nevados a la distancia, caminas, caminas y a veces sientes el peso de tus pasos, de tu mochila, de tus pensamientos y crees que no vas a llegar nunca a ninguna parte, sientes eso prometeico que atesora, para bien o para mal, la montaña, y cuando ya no sabes si empeñarte o rendirte de pronto aparecen.
Aparecen los dos milagrosos lagos que encierran esa cordillera: uno se llama Suches y el otro Cololo.
El Suches es espectral, enigmático: cerca de sus aguas hay una iglesia en ruinas. Su historia es tremenda. Fue destruida por las llamas de un impiadoso rayo. 
Suches era un centro minero próspero antes de que eso suceda. Era principios del siglo XVII. Su riqueza de oro, junto con la de Sunchulli, en el corazón de Apolobamba Sur, los convertía en los dos asientos mineros más importantes de la colonia temprana al norte de lago Titicaca. 
Hay documentos que prueban que los españoles traían mitayos desde Copacabana para laborar esas minas. Illapa, el rayo, acabó con Suches y un sismo inundó la mina de Sunchulli. 
El temor cundió. Dios se vengaba de los codiciosos. Ambas fueron abandonadas. La leyenda sobrevivió. Allí está la iglesia de muros ennegrecidos para probarla.
El Cololo es un lago más amable. Es mucho más largo que ancho. En su desembocadura hoy se asienta un pueblo llamado Antaquilla. Sus moradores vivían del contrabando con Perú —el límite es un riacho que corre risueño a pocos kilómetros— hasta que también se descubrió oro al lado y adentro de las casas mismas. El pueblo sigue igual de desolado antes de su pequeño Klondike, pero de seguro algunos de sus vecinos amasaron fortuna y luego se marcharon.
Una vez llegamos a Antaquilla desde el este atravesando las montañas desde San Juan de Hilo Hilo. Llegando experimentamos lo que contaba: la fascinación del hallazgo. El lago Cololo estaba ahí. Insomne y majestuoso. Caminamos hasta el pueblo. No había nadie, como (casi) siempre. Teníamos que volver a Pelechuco, la capital seccional, donde nos esperaban Reynaldo, Marina, los amigos, una copa, contar la historia…
Una Land Cruiser destartalada nos levantó al filo del atardecer: llegaríamos a la noche a Pelechuco, pero llegaríamos. 
Cruzar el paso de Katantika —a cinco mil metros de altura— es siempre temible, más cuando acaba el día. Traca, traca, tra, traca, trá: el bicho mecánico sufría, pero la esperanza es lo último que se pierde: llegaríamos.
Palabras de circunstancia, casi un discurso, un ritual: gracias, compañeros, por hacernos el favor de llevarnos, no saben cómo se los agradecemos, se imaginan si nos agarraba la noche —ellos nos miran como si ya fuéramos charqui, helados por la cumbre— allá arriba en el Katantika… decía, iba diciendo mientras distribuía, a manos llenas, coca, lejía y un cigarrillo y su lumbre por nuca.
No hay nada que hacer cuando la fraternidad entre los seres humanos se desata, cuando ya está servida la mesa de las confesiones, cuando una cosa lleva a la otra, de forma irreprimible e inevitable.
Queríamos llegar a ‘Pele’ para contarle a Reynaldo y a Marina nuestra historia, pero no sabíamos que aún faltaba el final de la historia, el final de otra historia de travesía por esa cordillera tan arisca y tan bella que es la cordillera de Apolobamba.
Fue cuando el acompañante del chofer de la camioneta, mirando el lago Cololo que se extendía debajo de la ripiada, pitando fuerte el Derby, que lo acababa de encender, volteó su cabeza hacia mí y me lanzó en el centro sensible de todos mis anhelos:
¿Sabes gringo que en este lago hay sirenas?
La humanidad es eso: un lazo, un sentimiento, un código emocional compartido. Miré también el lago, contemplé tanta belleza que comenzaba a diluirse entre las sombras, pité también mi Derby y, simplemente, le dije:
A ver, hermano: contame.

(Siguiente entrega en próxima edición)

*Escritor y poeta argentino