sirena1

Pablo Cingolani* 
 

Fue una mañana fría, como la de hoy. Una sirena, herida por un arpón, llegó hasta un muelle. Los marineros ya estaban bebiendo en la taberna, jugando naipes, cantando con el ron, peleando entre ellos, lanzando loas a los siete mares. Un niño jugaba en la playa mientras recogía almejas para el almuerzo. Vio aproximarse a la sirena y, como imantando, acudió hasta ella. Mírame, niño, le dijo la bella, me han lanceado, estoy lastimada, necesito auxilio, sé amable: busca algo o a alguien para curarme. El niño, sin saber qué decir, corrió hasta la taberna. Allí estaba su tío, Jonás, bebiendo mares y contando de esa vez que tuvo que pasar el invierno en una isla del fin del mundo, tras que los indios de las canoas incendiaron la goleta con la cual había cruzado por primera vez —remarcaba eso: por primera vez— el Cabo de Hornos. El tío Jonás y sus compañeros de juerga y todos y cada uno de los parroquianos de la taberna se rieron del niño. Tomás —así se llamaba el niño—, Tomás querido, bribonzuelo, le decía su tío mientras lo alzaba entre el tumulto de borrachos y lo llevaba hasta la puerta, las sirenas no existen, son cuentos, cuentos antiguos, cuentos demasiado antiguos, inventos de marinos que han perdido la gracia del mar, locos o afiebrados. Vuelve a la playa a jugar y déjate de beber a escondidas los restos de cerveza: te hace afiebrar a ti también. Tomás, sin saber qué hacer, corrió hasta el muelle. La sirena había desaparecido. Corrió por la arena hacia el faro, gritando, llamándola, pero la sirena no apareció.  Pasaron algunos años, Tomás, ya crecido, fue soldado de infantería en la Gran Guerra. Defendió Amberes del asedio alemán. Una noche, patrullando una ribera del estuario del Escalda, creyó escuchar una voz entre las sombras y la lejanía, una voz que lo llamaba o pedía socorro o agradecía. Algo latió profundo dentro de él: era una voz conocida. Esa noche, desbordado de felicidad, no pudo dormir cuando recordó que la voz que había escuchado no era otra que la voz de la sirena. A la mañana siguiente, tan fría como la de aquella vez cuando niño y tan fría como la de hoy que lo evoco, Tomás volvió a correr a su encuentro. La bala disparada por un francotirador de Bremen se lo impidió.

*Escritor argentino