Marco Antezana /

Durante años he insistido —indesmayablemente— que el turismo debe gozar de prioridad en las políticas estatales de los países con agudas crisis económicas, transformándose de actividad de temporada, en industria integradora y permanente. Fue esta realidad la que me motivó para compartir algunas reflexiones que las considero pertinentes.

La Organización Mundial del Turismo (OMT) acuñó el término turismología para referirse a la ciencia que estudia la actividad turística, vocablo que tiene su antecedente en los primeros años de la pasada década, fecha en la cual un cientista empresarial boliviano denominó turistología al abanico de aficiones y especialidades que componen el universo turístico. Independientemente de las diferencias etimológicas de los citados vocablos, y reconociendo la lógica de sus conceptos respectivos, lo cierto es que en los últimos 50 años la actividad turística adquirió rango de industria. En el transcurso de las recientes décadas, el empuje de las corrientes ambientalistas y ecologistas ha marcado casi de manera definitiva la preferencia —nada escorzada— de millones de turistas para visitar deslumbrantes espacios rurales en lugar de frecuentar los tradicionales espacios litorales, este cambio de expectativas recreacionales ha significado la generación de procesos productivos y servuctivos (fabricación de servicios) cada vez más especializados y diversificados.

En consecuencia, la actividad turística ha adquirido peculiaridades de demanda y de oferta que requieren precisos estudios mercadológicos. Sin embargo, aún son pocas las naciones de América Latina que visibilizan la actividad turística como una multimillonaria industria para educar y amenizar al visitante, es decir, retenerlo el mayor tiempo posible en su territorio.

Con base en lo anterior, es urgente reconocer que muchos países que confrontan agudas crisis de desarrollo tienen en el turismo, industria aglutinadora de servicios y de productos la única vía factible para su correspondiente progreso.

Muchas sociedades subdesarrolladas deben dinamizar sus potencialidades turísticas unidas a sus cartografías culturales y sus atractivos naturales, vale decir, deben comercializar ambos patrimonios (denominativo aún colonial) en el contexto del turismo comunitario sostenible, generando rentabilidad tanto de su legado histórico como de su geodiversidad.

Pero, para consolidar el turismo en una industria permanente, es necesario constituir e institucionalizar políticas estatales de largo plazo, capaces de promover el protagonismo de comunidades campesinas y originarias en las diferentes especialidades de aquella industria. Lo anterior permitirá que la industria del turismo efectivice los siempre proclamados efectos sociales y económicos con carácter multiplicador que desde hace años son la muletilla del bizantino discurso neoliberal en contra de la pobreza.

Precisamente, bajo la dirección de la Organización Mundial del Turismo  se ha tomado conciencia que el turismo comunitario puede constituirse en el principal motor del desarrollo local en el marco de la ansiada sostenibilidad. No obstante, es necesario puntualizar que la supramencionada iniciativa no logrará el éxito prospectado si no va unida a la gestión comunitaria de los respectivos productos y servicios.

En este entendido, el turismo comunitario no debe agotarse en ferias rurales, al contrario debe promoverse la imperiosa urgencia de gestionar negocios comunitarios, cuya filosofía económica difiera esencialmente del mercantilismo cortoplacista del empresario citadino. Por tanto, la aplicación del pensamiento creativo (no de la economía creativa naranja) se constituye en la idea guía de todo proyecto de turismo comunitario desde la comunidad involucrada, y en la perspectiva que esta considere el futuro beneficio. No exagero cuando afirmo que el crónico estancamiento de la economía latinoamericana, exceptuando Costa Rica, puede anularse promoviendo una industria turística comunitaria sin precedentes desde modelos económicos comunitarios incluyentes y solidarios, al margen de los ruidosos e inútiles workshops de siempre. (Marco Antezana es analista político)

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