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.Homero Carvalho Oliva/ Crónicas/

En la Navidad pasada, mi hijo Luis Antonio me obsequió dos novelas de Arturo Pérez- Reverte (Cartagena, España, en 1951), Falcó y Eva. Lo hizo porque, atento a mis lecturas, sabía que es uno de mis escritores preferidos. Hace como tres décadas leí algunas de sus columnas como corresponsal de guerra, ha sido reportero en conflictos bélicos desde Centroamérica hasta Bosnia durante más de dos décadas, experiencia que supo aprovechar en su posterior obra narrativa con un estilo entre cronista y novelista que me cautivó desde la primera lectura. Aún sigo leyéndolo en “Patente de corso”, el título actual de sus columnas semanales que antes se llamaba “A sangre fría”.

En el breve ensayo “La presencia del arte en la obra de Arturo Pérez-Reverte”, Jesús Félix Pascual Molina afirma: “Pérez-Reverte es uno de los escritores que más pasiones despierta en la actualidad, pasiones que van, equitativamente, desde el amor hasta el odio.

Sus obras han sido traducidas a diversos idiomas y muchas de sus novelas se han convertido en películas y series de televisión, con desigual fortuna crítica y calidad artística. Su obra ha dado lugar a numerosas publicaciones que se enfrentan a la misma desde muy diversos puntos de vista, si bien se centran, generalmente, en aspectos literarios”.

La primera novela que leí de este prolífico, exitoso y multipremiado escritor fue El club Dumas, una novela acerca de un coleccionista de libros antiguos obsesionado por manuscritos imposibles de hallar en las librerías y bibliotecas públicas y privadas.

Lucas Corso, el investigador protagonista, es una mezcla de ratón de biblioteca y de Indiana Jones. Luego leí uno de los volúmenes de la saga del capitán Alatriste, un héroe atípico de los mares del siglo de oro. Luego leí Hombres buenos, la búsqueda del conocimiento como si fuera una aventura, a través del encargo de llevar de Francia a España la célebre Enciclopedia francesa, el cúmulo de la ilustración hasta entonces. En esta obra, el autor mezcla lo real con lo ficticio de una manera magistral.

Volví a Pérez-Reverte años después, en 2006, para leer una novela sobre el narcotráfico, la famosa Reina del Sur. Esta novela “se integra en una literatura de bandidos admirables, admirables por su fuerte carga trágica y épica, y por una enorme capacidad de conectar con la tradición clásica del tempus fugit, que han creado, sobre todo, los nuevos escritores latinoamericanos: (…) Quizá porque Latinoamérica, si se busca determinada épica, determinada actitud, guarda un territorio especial para la ficción”. Novela en la que Pérez-Reverte demuestra un erudito conocimiento del lenguaje y la cultura popular mexicana, de la que se han realizado películas, series y telenovelas de las que el propio Pérez-Reverte no está de acuerdo. En fin, creo que a pocos escritores les gusta las versiones cinematográficas o televisivas de sus obras.

Sidi es la novela del mítico Cid campeador, que Pérez-Reverte lo muestra en su condición humana, nada patriótica, más bien mercenaria, trabajando para moros y cristianos. «En él se funden de un modo fascinante la aventura, la historia y la leyenda. Hay muchos Cid en la tradición española, y éste es el mío», declaró el autor. Después leí, entre otras novelas, Línea de fuego y debo decir que me encantó esta versión de la batalla del Ebro, la más sangrienta de la Guerra Civil española, en esta obra Pérez-Reverte no toma partido, cuenta las glorias y miserias de los combatientes de ambos de bandos.: “Tenía la versión de primera mano de los dos bandos, de mi padre, de mis tíos, de mi abuelo. Eran reacios a hablarnos de la guerra porque no querían contagiarnos el rencor, el dolor y el sufrimiento. Pero toda esta gente se ha muerto y el testimonio directo ha ido desapareciendo con ellos, ahora está quedando sólo el discurso ideológico, usado de manera claramente política con distintas intenciones en unos y otros sectores. Cuando queda solo la ideología y desaparece el testimonio, la idea se vuelve fácilmente manipulable”.

Sin duda alguna, Arturo Pérez-Reverte es uno de los grandes escritores contemporáneos, con una imaginación que desborda los temas y acontecimientos que narra porque recurre a la historia. En los talleres de literatura que dirijo desde hace años, una de las preguntas frecuentes es la de cómo saber cuándo tenemos una historia para contar y sentarnos a escribirla, al leer este testimonio de Pérez-Reverte descubrí mis propios consejos, palabras más o menos: “Y un día, hace cosa de año y medio, lo vi. Ocurrió lo que suele ocurrirle a un novelista. Caminas entre una nube de mundos, de historias posibles en la cabeza, y algo, de pronto —una lectura, una imagen, una frase escuchada, una música o un paisaje— hace que parte de eso tome forma en torno a una trama”. Se trata de estar atentos a las señales y Arturo Pérez-Reverte es un hechicero descifrando los signos que están en lo cotidiano.

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