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Homero Carvalho Oliva(*)

La realidad virtual que vivimos en las redes sociales ha hecho posible el deseo de Roberto Carlos de tener un millón de amigos. 
En mi modesto caso, en el Facebook, tengo cerca de 5.000, la mayoría de ellos son personas que me pidieron agregarlas sin que yo las conozca. De los 5.000 supuestos ‘amigos’, debo conocer a unos 300 y de esos algunos son, en la realidad real, amigos o, por lo menos, yo los considero así. 
A diario interactúo con muchos de ellos y en ciertas ocasiones, en las que mis publicaciones han tenido efímeros éxitos, he llegado a tener varios centenares de ‘me gusta’, así como comentarios al respecto.
Las redes me han permitido encontrar a viejos amigos y compañeros, ya sea de barrio, de colegio, de universidad y a excolegas de trabajo con quienes no tenía contacto desde hacía años, por no decir décadas; como también conocer a otra gente linda, entre ellos a escritores con los que luego he coincidido en encuentros literarios y festivales de poesía dentro y fuera del país. También me ha permitido conocer a compatriotas que viven en otros países y a personas de otras nacionalidades con las que he desarrollado una amistad cibernética que se refuerza cada día.
Jóvenes escritores y/o personas que desean hacerlo, que están empezando a escribir, me piden que los ayude con la edición de sus textos y que les ayude a contactar editoriales para que les publiquen. Debo reconocer que la mayoría de los encuentros virtuales me satisface profundamente y me ha ayudado a seguir creciendo y mejorando como ser humano. 
En las redes hay de todo. Desde aquellos que pasan todo el día atacando al gobierno y a sus representantes, seguros de que lo van a desestabilizar, y los que lo defienden a rajatabla defenestrando a los políticos de la oposición. 
También están los que emputados con el mundo y sus alrededores agreden a otros bajo cualquier pretexto buscando sus quince segundos de fama que nunca les llegan, porque no se dan cuenta que su enojo es con ellos mismos; los que comparten cadenas cristianas y fotos de personas desaparecidas; los que suben fotografías de su mascotas y de sus plantitas. 
Los que promocionan sus tiendas y los productos que venden; los que repiten sin misericordia sus mismos posts; los que suben caricaturas, paisajes o las tapas de sus libros en la foto del perfil.
También, los que usamos las redes para promocionar literatura, arte y cultura en general, así como compartir nuestros escritos, ensayos literarios y políticos, música, fotografías, pensamientos, cumpleaños, libros y otras ‘cosas peores’, pero agradables como dicen mis hijos. Como en la obra El Jardín de las delicias, de El Bosco hay de todo y para todos. Así nomas es, y cada quien tiene sus gustos y preferencias. 
Si bien es cierto que cada quien es dueño de poner en su muro lo que le dé la gana, algunos abusan de la etiqueta y, sin compasión, nos etiquetan a diario con cualquier cosa, invadiendo nuestros espacios y álbumes personales con anuncios comerciales, comentarios y/o imágenes ofensivas incluso al sentido común. Desde hace tiempo y, ejerciendo el derecho de que en mi muro solamente entra lo que yo quiero, elimino las etiquetas de quienes cuelgan o escriben este tipo de tonterías. 
Invertir tiempo en lo bueno
Respeto, como debe ser, los comentarios políticos escritos con altura porque considero que contribuyen al debate de manera honesta y sincera. 
Por lo demás, estando cerca de cumplir sesenta años y recibir el Bono Dignidad, creo que la vida es demasiado corta para perder el tiempo con sospechosas publicidades y amargarse la vida con opiniones que destilan odio, mezquindad y envidia; hay tantos amigos para conversar, tanto libro bueno para leer, tanta música conmovedora para escuchar, tantas anécdotas y reflexiones para compartir, tanto paisaje para disfrutar, que no pienso perder el tiempo en cosas pequeñas. Mientras escribía esto escuchaba a Amy Winehouse, que murió muy joven.

(*) Escritor y poeta