Ednodio Quintero

Homero Carvalho Oliva*

En mi juventud participé de algunos talleres literarios, quiero contarles de uno en especial que se realizó fuera de Bolivia. En noviembre de 1994 participé en un inolvidable taller de escritura creativa, dirigido por los grandes escritores Sergio Pitol, de México, y Ednodio Quintero, de Venezuela, junto a otros escritores latinoamericanos. Fui invitado por el Consejo Nacional de Cultura de Venezuela. 
Un jurado integrado por Julio Ortega, del Perú; Ronaldo Costa-Fernandes, de Brasil; Santiago Espinoza, de México; Luis Barrera y Maritza Jiménez, de Venezuela, fue el responsable de seleccionar a los narradores que durante varios días nos reunimos en la hermosa ciudad de Barquisimeto.  
Sergio Pitol es un extraordinario escritor que en el año 2005 fue galardonado, además de otros premios, con el Miguel de Cervantes. 
Autor de libros de cuentos, novelas y ensayos, dirigió talleres de escritura creativa en varios países; en el nuestro nos advirtió que “no trataba de enseñar a escribir a nadie, sino de acercar a las personas a encontrar su camino en la literatura, su vocación”. Luego nos aclaró que “uno es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas”. 
“Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”, un consejo que luego aparecería en su libro El arte de la fuga (1996).
En otra oportunidad nos recomendó que cuando escribamos un cuento pensemos en un poema, pero que lo escribamos como un cuento y que nunca creamos que existe una receta para escribir un cuento, cada quien inventa la suya en la medida que lo va escribiendo: “El novelista deberá entender que la única realidad que le corresponde es su novela, y que su responsabilidad fundamental se finca en ella. Todo lo vivido, los conflictos personales, las preocupaciones sociales, los buenos y los malos amores, las lecturas y, desde luego, los sueños, habrán de confluir en ella, puesto que la novela es una esponja que deseará absorberlo todo. El narrador cuidará de alimentarla y fortalecerla, impidiéndole cualquier propensión a la obesidad”.
Ednodio Quintero es uno de los mejores escritores venezolanos, autor de novelas, cuentos, ensayos y guiones cinematográficos, es también un experto en la cultura japonesa. El autor de la novela La danza del jaguar nos enseñó que un buen escritor debe aprender a leer antes que a escribir y si quiere escribir debe ser una máquina de soñar y debe distinguir qué sueños escribir. 
De Quintero recuerdo también algunos de sus consejos, para ser fiel a su pensamiento, busqué en la web y encontré estos: “La imaginación es la premisa básica de la escritura; no tengo nada contra el realismo, pero lo mío es la imaginación al servicio de la nada. La escritura es una moledora de todo: un escritor, en su fase inicial, siempre es la imitación de otro autor precedente o de sus padres hasta encontrar un mundo, una voz. El idioma es un instrumento descuidado por todo el mundo; el escritor tiene que darle cuentas no al mercado sino a Cervantes y a la propia lengua, ayudar a crear un idioma, con un léxico propio y construcciones de forma particular… En esos cuentos que parecen sueños, muchos provienen de él, como el relato “caza”: los recuerdo al despertar; otras veces tengo ensoñaciones estando despierto y sólo reacciono haciéndome sonar los dedos de los pies. El cuento es un objeto narrativo geométrico, su mecanismo debe responder a una esfera, preciso —sin ripios— y precioso con un lenguaje muy cuidado”.
Entre los participantes recuerdo a Iván Thays y a Ricardo Sumalavia, de Perú; a Juan Carlos Méndez Guédez, de Venezuela; a Leonardo Valencia, de Ecuador y a Rafael Chaparro Madiedo, de Colombia, a quien al regresar a Bolivia le envié un paquete con algunos libros míos. 
No recibí respuesta de él, hasta que un día, meses después, en mayo de 1995, el cartero me trajo un sobre que contenía un libro suyo fotocopiado y una carta de uno de sus familiares informándome de su fallecimiento y pidiéndome disculpas por la fotocopia, ya no les quedaba ningún ejemplar. 
La novela era Opio en las nubes, un libro que ahora es de culto, loquísimo, con personajes inolvidables, así como el taller y sus maestros. Fue un taller en el que aprendimos muchas cosas respecto a las técnicas narrativas, no sé si yo las aplico con éxito, quiero creer que así es. En todo caso, cada vez que escribo intento no olvidar sus consejos.

*Escritor, poeta y gestor cultural