Violeta Parra

Edwin Hermosa(*)

Se miraba al espejo y le disgustaba hallar las huellas de los años en su rostro.
Regresando del viaje a Bolivia sentía sus pasos pesados, la chispa de sus ojos intensos, siempre llenos de vida se quedaron allí, reflejados en los ojos de Run Run.
Fue tras la esperanza de retornar con Run Run. Él, que era su razón de escribir y cantar, de reírle a la vida, regresó con la fría compañía de la oscuridad que no la dejaría más.
Run Run había encontrado el amor en el alma ancestral de las melodías que salían de una quena inca y prefirió quedarse enamorado del alma de esa quena que, al tocarla con devota pasión, lo embrujaba más y nunca le sería infiel. Bajo la imponente presencia de la montaña nevada de aquella ciudad viviría su pasión y su amor por esa música lejos de su país europeo. 
Violeta, que siempre había temido que se lo arrebatase una mujer, defendía su territorio como leona celosa. Y es que en Santiago varias mujeres soñaban con ese gringo con cara de niño ingenuo, pero allí a los pies del Illimani se dio cuenta con el espanto de la realidad que Run Run no le pertenecía más, que su hombre no era arrebatado por una mujer, sino por la misma pasión que ella sentía por su guitarra, y supo que lo había perdido.
Las ganas de reír, de cantar se fueron alejando poco a poco, al igual que la gente asidua visitante de su carpa, de su risa, de los colores, de su música.
 Se quedaba vacía al igual que su alma, vacía del amor ausente.
Cansada y después de grabar su último disco retornó a su carpa.  La soledad le pesaba más, solo esa fría oscuridad acechaba. Ella y todos sabían que sería un himno a la vida el tema que compuso y grabó pensando en Run Run.

GRACIAS A LA VIDA
Ella, que antes disfrutaba de los colores y aromas de las flores, de un cálido ocaso otoñal, de la sonoridad de una risa infantil y de las melodías que arrancaba a su ya gastada guitarra, que vivía la vida con los cinco sentidos de su alma apasionada. Ella que enamoraba y se enamoraba de la vida, Ella, Violeta de la risa espontánea, supo una tarde de fría lluvia gris que ya no tenía nada que dar y recibir.
Ella, que le cantaba a la vida y compuso agradecida una elegía: Gracias a la vida, decidió que no sería más personaje del libreto, y su alma voló en busca de los colores y el calor que había perdido en este mundo.

(*) Artista y compositor
 

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